Un corazón ardiente

Tema: El propósito de la Educación Cristiana es revelar la presencia del Señor Resucitado en medio nuestro y capacitarnos para compartir su presencia con los demás.
Área: Pastoral
Propósito: Llamar a la iglesia a comprender la importancia de su ministerio educativo.
Clasificación: Narrativo
Lógica: Deductiva

Introducción
Los versos que acabamos de leer pertenecen a la hermosa historia de los caminantes a Emaús. En esta ocasión, quisiera compartir con ustedes esa historia, esperando encontrar en ella algunas ideas que nos ayuden a comprender el propósito y la importancia de la Educación Cristiana en la iglesia local.

Puntos a desarrollar

A. La Historia de los caminantes a Emaús

Al acercarnos al domingo que siguió a la muerte de Jesús, nos acercamos a un día de tristeza y de fracaso. Ese “primer día de la semana” (24:1), cuando el pueblo volvía a su rutina después del descanso sabático, estaba pintado de derrota y desesperanza:
Jesús había muerto
Los discípulos estaban escondidos
Y las autoridades estaban satisfechas ya que habían destruido un “movimiento peligroso” que, por un momento amenazó su bienestar personal e institucional.
Sin embargo, el día no transcurrió sin un período de confusión. Un grupo de mujeres fueron a los once diciendo que habían visto una “visión de ángeles” (24:23, compare con 24:4-9) y que Jesús todavía estaba vivo. Pero los Once no les había creído, pensando que su historia era una “locura” (24:11).
Todavía confundidos, dos discípulos decidieron caminar “a una aldea llamada Emaús” (24:13) que estaba situada como a unos 11 Km. de Jerusalén (24:13). Fue fácil salir de Jerusalén, dado que el único equipaje con el cual contaban estos discípulos consistía de los pedazos de sus esperanzas; esperanzas que habían quedado rotas al morir el Galileo.
Los discípulos iban conversando; repasando los eventos de la semana anterior; tratando de encontrarle sentido a su dolorosa experiencia (24:14). Y mientras conversaban, se les apareció un extraño –salido de la nada– y comenzó a caminar con ellos. Los discípulos le conocían, pero no pudieron reconocerle.
El extraño les preguntó: “¿De qué hablan ustedes?” Entonces ellos se detuvieron entristecidos, y le contaron su dolorosa historia:
“¿Eres tú el único que ha estado en Jerusalén y que no sabe lo que ha pasado allí en estos días? Jesús de Nazaret –¡Si, de Nazaret!– un profeta poderoso en hechos y en palabras delante del Señor y de todo el pueblo, fue arrestado de madrugada por las fuerzas de seguridad del templo y fue asesinado; fue crucificado como el peor de los criminales. Sin embargo, no estamos tristes por él. Por el contrario, estamos tristes por nosotros mismos ya que ‘Nosotros teníamos la esperanza de que él sería el que había de libertar a la nación de Israel’ (24:21a). Pero ya hace tres días que pasó eso. Ahora ya no tenemos esperanza. Algunas mujeres dicen que Jesús todavía está vivo, pero ya no tenemos fe para creer. Usted sabe, extranjero, todo esto es tan triste que causa risa. Al mirar atrás todo parece un sueño: el arresto, el juicio, su muerte. Sin embargo, sólo Jesús era irreal.”
En ese momento el extraño respondió de manera inesperada . El comenzó a explicarle los eventos de la semana de pascua a la luz de las profecías mesiánicas de la Biblia Hebrea. “¿Acaso no tenía que sufrir el Mesías?”, les preguntó. “¿Acaso no entienden? ¿Acaso no pueden creer?” Y, repentinamente, todo comenzó a cobrar sentidos:
Si, Jesús sufrió; pero su dolor no fue en vano.
Si, Jesús fue asesinado; pero su muerte tiene sentido.
Cuando llegaron al poblado los discípulos le rogaron al extraño que se quedara con ellos. Entonces, cuando estaban juntos a la mesa, tomó el pan y, habiendo dado gracias a Dios, lo partió y les dio (24:30).
Esta acción fue reconocida por los discípulos. La acción de “tomar, dar gracias, partir y dar el pan” era muy familiar. Recordaron la multiplicación del pan (Lc. 9:15); Recordaron la última cena con el Maestro (Lc. 22:19) y reconocieron al extraño: era Jesús.
Jesús desapareció. Pero eso no desanimó a los discípulos. Ellos tenían nuevas esperanzas, nuevas vidas, y –de nuevo– tenían fe. Ahora tenían una nueva forma de entender la cruz. Ahora tenían un corazón que ardía por el nuevo entendimiento que habían recibido. Entonces, “Sin esperar más, se pusieron en camino y volvieron a Jerusalén (v.33) a compartir su nuevo entendimiento con los demás discípulos. De este modo, los sueños rotos de sus compañeros podrían ser restaurados, en el nombre del Señor.

B. El propósito de la educación cristiana.

Esta historia se hace relevante para nosotros de diversas maneras. En lo personal, esta historia es importante para mí porque me habla del propósito de la Educación Cristiana.
El propósito de la Educación Cristiana es revelar la presencia del Señor resucitado en nuestro medio; el propósito de la Educación Cristiana es llevarnos a la fe. El fin de nuestros esfuerzos educativos debe ser encontrar a Jesús en el camino, en la exposición de las Escrituras y en el partimiento del pan. La Escuela Dominical no debe ofrecerse por costumbre ni por cumplir un formalismo religioso. La Escuela Dominical nos debe capacitar para discernir la presencia de Cristo en el mundo; para reconocer donde está el Galileo activo hoy; y para hacernos uno con él allí donde Cristo esté presente. En una palabra, la Educación Cristiana debe llevarnos a la experiencia del corazón que arde porque ha encontrado al verdadero Maestro.
Al encontrarnos con Jesús, nuestra mente es transformada y adquirimos un nuevo entendimiento (Ro. 12:1). Este nuevo entendimiento nos permite encontrarle sentido otra vez a la vida. Aún las situaciones más extremas pueden ser iluminadas por esta experiencia de fe. El nuevo entendimiento recibido por los caminantes a Emaús les permitió comprender que la cruz –lejos de ser la máxima señal del fracaso– era la máxima señal del amor y la solidaridad de Dios para con el ser humano. El propósito de la Educación Cristiana es, entonces, confrontarnos con la historia de la muerte del Inocente por excelencia. Ese encuentro con Jesús nos permitirá encontrarle sentido aún a la pena, al sufrimiento y al sepulcro.
Y cuando le encontramos sentido a la vida, recuperamos la esperanza.
Entonces los sueños rotos, el futuro olvidado y las expectativas destruidas pueden ser restauradas en el nombre del Señor. La esperanza nos levanta del suelo y nos pone en pie. La esperanza nos saca del letargo y nos pone en movimiento. La esperanza nos hace olvidar el cansancio y nos anima a caminar el tramo de vuelta para decirle a nuestros abatidos amigos: “¡El Señor ha resucitado!” (compare con Lc. 24:33-34). La Educación Cristiana busca facilitar un encuentro de fe que nos devuelva la esperanza.
La Educación Cristiana forma, informa y transforma.
Forma el carácter del creyente.
Nos informa acerca de la Biblia y de la fe.
Nos transforma al darnos un nuevo entendimiento. Un nuevo entendimiento que nos permite encontrar sentido, esperanza y fe.
El sentido, la esperanza y la fe son cosas muy preciadas; elementos tan valiosos que debemos compartirlos con los demás. ¿Saben por qué? Porque el nuevo entendimiento propiciado por la Educación Cristiana nos lleva a compartir la fe. Aquel que encuentra a Jesús, el Cristo, en los caminos de la vida siente el deseo de compartir con los demás el tesoro encontrado. Por eso los discípulos de Emaús no se quedaron descansando aquella noche. ¡Todo lo contrario! Volvieron a Jerusalén a compartir su experiencia de fe con los demás discípulos; volvieron para sanar las heridas de sus amigos. La Educación Cristiana ha de capacitarnos para compartir la experiencia de Cristo y para sanar las heridas de los demás.

Conclusión
Quiera el Señor bendecirnos en esta hora.
Quiera el Señor ayudarnos a comprender la importancia de la educación cristiana en la Iglesia local.
Quiera el Señor acercarse a nosotros de tal manera que podamos decir junto a los caminantes de Emaús: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino y cuando nos abría las escrituras?” (Lucas 24:32).

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